Manifiesto

¿Qué imaginamos, qué proyectamos cuando pensamos en ponerle a la Fundación el nombre de Liliana Bodoc.?

Seguramente lo mismo que soñaron, imaginaron todos los que eligieron su nombre para una biblioteca escolar, una biblioteca pública, una escuela, una librería, una plaza.

No para colocar una placa, colgar un cuadro, poner un cartel. Todo eso es quietud, es inmóvil. No para homenajear ni exaltar a su persona, sino para darle vida a su palabra, multiplicarla, hacerla caminar, que todos y todas la conozcan, la lean, y comprendan el propósito de su obra.

“Sólo el amor nos hace eternos”, decían los husihuilkes. Entonces nos preguntamos ¿para qué la Fundación?

Para que Liliana siga viva en lo que ella amaba. Para conocerla, para entenderla, para saber cuáles eran las cosas que le más le importaban, las cosas que no le importaban nada y las otras, las que la desvelaban, la hacían escribir sin parar, la hacían movilizarse hasta todos los límites, los propios y los ajenos.

Que entrar a la Fundación sea como entrar a su casa, y verla allí escribiendo, o amasando el pan, o tomando mate.

Que los que la conocimos la encontremos y enseguida podamos reconocer que ella haría eso, que aplaudiría, que reiría a carcajadas.

Y los que no la conocieron, puedan hacerlo, descubrirla, empezar a saber que fue una escritora extraordinaria, pero también mucho más que eso.

Madre de Los Confines, lectora, narradora, docente, con una generosidad y humildad poco frecuente. Sencilla, de abrazo fácil, soñadora.

Si tuviera que hacer un juego, adivinar de quién se trata, que pistas daría para encontrarla en esa adivinanza:

Diría que le gustaba madrugar, escribir por las mañanas, bien temprano, con su casa ordenada.

Que le gustaba cocinar, amasar el pan casero, el pan dulce.

Diría que amaba los cuadernos, que tenía varios, con dibujos, con historias, con frases.

Diría que amaba leer en voz alta a los niños en las escuelas o bibliotecas, que sabía cientos de poemas de memoria, y los sacaba con una gran maestría cuando eran necesarios.

Diría que era humilde, sencilla, que viajaba todo el tiempo, donde fuera que la llamaran, para ir al norte o al sur, a una escuela albergue, a una universidad.

Lo importante era que escucharan lo que iba a contarles, que hubiera jóvenes y niños, y ocurría entonces que se emocionaban con su palabra poética, con su forma única de decir, de leer, de hablar.

Lo maravilloso de su escritura es que también nos las dejó para ser un instrumento de cambio. Para cambiarnos y para contribuir a cambiar el mundo, desde la palabra poética, apelando siempre al héroe colectivo, nunca al individual.

Nunca a la meritocracia, sino a la educación pública.

Entonces, todo esto queremos que sea la Fundación, es decir, queremos que sea la Lili.

Para mantener vivo su amor, su poesía, para seguir multiplicándola, para seguir contando para que ocurra. Que ocurra la magia, la emoción, que la conozcan y la quieran quienes no lo hicieron. Que la lean y la descubran . Que sepan que tienen en sus libros un poderoso instrumento de transformación y de cambio.

Que deberíamos aprender a amasar, como una forma de amor, de generosidad, porque el pan se hace para repartir; como una manera de cantar contra el Odio, de enseñar con las manos, haciendo, transformando.

Y aquí estamos en este círculo, en esta ronda de Mujeres, en esta Fundación. Porque en esta rueda no hay ausencias definitivas, y nada queda lejos. Porque en esta rueda todo regresa. Regresa la Lili, su palabra, su poesía. Regresa y nos sonríe. Nos acaricia con un verso.

Si releemos sus libros, si escuchamos los diálogos de sus personajes, si revisamos sus entrevistas, sus conferencias, vamos a encontrar siempre una imagen : el círculo.

No creía en la muerte como algo definitivo....

Silvia Chiavetta

Realizado por Beleram Arquitectura de Sistemas, v0.0.01